domingo, abril 18, 2010

Una noche de órdago II


(Sigue de ayer) Entonces, yo muy feliz me dije: voy a abrir las ventanas y ya se irá refrescando lentamente. Era ya la hora de acostarse, era medianoche. Habría que acostarse con ese calor, pero se iría refrescando, pensé. Pero al abrir la ventana y la puerta, me dijo un señor de allí: cierre, cierre la ventana.

¿Por qué? ¡Los zancudos! Y el hombre me explicó que si quería dormir sin varios mosquitos revoloteando por encima de mi cama (y dispuestos al ataque, un ataque sin remordimiento) debería mantener cerradas las ventanas. Pero si tengo las luces apagadas. No importa, me repitió, si abre las ventanas, ellos entrarán.

Yo estuve, aun así, dudando si era preferible que saliera el calor o entraran esos insectos inmisericordes. Dado que fuera hacia bastante calor, abrir la ventana hubiera supuesto que la temperatura sólo hubiera descendido unos pocos grados.

Así que sudoroso, paciente, resignado, sufrido, sin quejarme, cerré la ventana y me fui a la cama. (Seguirá mañana)

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