viernes, abril 02, 2010

Viernes Santo o el día en que siempre tengo más hambre


Tras una larga peregrinación de unos cuarenta y cinco minutos, he llegado a la Basílica de Santa Cruz en Jerusalén. En mi bolsa, un roquete, una estola roja y un libro sobre la Pasión del Señor para meditar el rato que estuviera allí hasta que empezara la ceremonia.

La iglesia no es bella. Debió ser bella en su sencillez la basílica primitiva. Pero la quisieron modernizar en el siglo XVIII. Después de ver el resultado, yo creo que en Roma ya para siempre desconfiaron del verbo modernizar. Y para acabar de rematar las cosas, pusieron en pleno centro visual un baldaquino que quisieron diseñarlo lo más innovador que se les ocurrió. De verdad que es un baldaquino que no hay por donde cogerlo. Yo creo que desde ese baldaquino ya nadie se atrevió a proponer otro baldaquino para ninguna iglesia de Roma. No, no, sin baldaquino, decían todos cuando algún canónigo preguntaba: ¿y si ponemos un baldaquino?

Yo traté de centrarme en la liturgia, sin tratar de pensar en el templo que me rodeaba. No era fácil. Cada vez que abría lo ojos, la historia del templo me venía a la mente.

Pero la liturgia ha estado muy bien. Honestamente considero que se podría haber organizado todo de un modo más bello. Pero ha estado bien.

La seriedad del oficio ha estado jalonada del gracejo de cuatro monaguillos pequeñísimos que se lo han pasado fenomenal, y que han actuado con una seriedad y profesional digna de los mejores cardenales.

Cuál ha sido mi sorpresa en un momento de la ceremonia, al ver que tenían un gran trozo de la Cruz de Cristo en esa iglesia. Relicario que he podido besar y mirar a gusto durante un rato.

Después del oficio he ido en busca de un sombrero de verano para mi cabeza por unas tiendas cercanas a la Estación de Términi. No he encontrado nada que se adapte ni poco ni mucho a la estética de una sotana.

El caso es que he andado, sin darme cuenta, durante mucho rato. Eso unido a mi retorno al centro de Roma ha hecho que llegara con un hambre canina en día de ayuno. Al entrar en mi habitación me hubiera comido la mesa de madera. Yo creo que también era el demonio que me tentaba.

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