domingo, mayo 09, 2010

Aquí miras a cualquier ventana y te encuentras con esto. Es broma. Ésta es una ciudad antigótica.


Hoy he dado un largo paseo, tres horas, con mi mejor amigo de Roma. Un paseo entre callejuelas, al lado del Tiber, hasta el Vaticano, por Vía del Corso y por muchos lugares más, tres horas dan para mucho.

Como siempre, hemos hablado de cuestiones eclesiásticas. Me imagino que los médicos hablan de cuestiones médicas, y los abogados de cuestiones legales.

La visión de los asuntos eclesiásticos que tiene mi amigo, me gusta: es equilibrada, moderada en todo, humana, razonable y humilde. Sabe escuchar, no impone nada, siempre está alegre y no se cansa por más que andemos. Esta última cualidad es muy difícil de encontrar.

Al escribir estas líneas, me acabo de acordar de pronto que hará mi buen amigo Gerardo. Gerardo, párroco que fue de Nuevo Baztan, experto reparador de relojes antiguos, amante de la pintura, agasajador de sus huéspedes, rebosante de humor de andaluz, comensal de nuncios, y compañero mío de arciprestazgo durante casi un decenio.

Gerardo como compañero de mesa no tiene rival: sus chascarrillos, sus gracias, su gracejo. Los que tenían la suerte de estar a su lado no paraban de reírse. Aunque Gerardo para lograr la plena expresión de su arte me necesitaba a mí. Porque en el arciprestazgo él representaba el ala más dura del postconcilio, mientras que yo representaba la ley y el orden. Éramos como el ying y el yang, como Peter Pan y el Capitán Garfio. Ay, aquellas reuniones, ya no volverán. Nos estamos haciendo viejos, Gerardo. Parece lejano, pero ya me veo en un futuro hablando de cómo avanza mi artritis, mi reuma, o que estoy probando mi primer andador. Aunque creo que lo peor de la crisis de los 40 ya ha pasado, me siento mejor, por lo menos un poco mejor. Ya no me duele tanto todo.

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