viernes, mayo 28, 2010

Leninfort

No es la voluntad de Dios, Padre de todos, que unos sobreabunden en una riqueza a veces inimaginable, y creedme que la riqueza de alguno es inimaginable, y otros trabajen todo el día y no tengan ni lo mínimo para vivir con dignidad.
Lo ideal, lo que era el plan de Dios, era que la riqueza estuviera lo más distribuida posible.

Ahora bien, no estoy diciendo que se deba quitar a los poderosos lo que tienen, no estoy diciendo que tengamos que hacer por centésima vez el experimento socialista, comunista o maoísta, para ver si nos funciona. El mundo ya no aguanta un experimento más, el mundo ya no nos perdona un experimento más.

Se trata de hacer lo que el sentido común dicta: gobernar buscando el bien común.
Son las pequeñas medidas, día a día, las que van repartiendo la riqueza (sin quitar nada a nadie) o concentrándola.

¿Es que no vemos lo bien que han hecho las cosas los países escandinavos? ¿Es que no vemos lo terrible que es vivir en otros países donde la población está sumida en la pobreza al lado de la riqueza más ostentosa que se pueda imaginar?

Lo triste es ver cómo hay grandes países industrializados, ricos y poderosos, donde la codicia, la ambición y la avaricia van tomando posiciones, van avanzando más y más cada año.

Un ejemplo, entre los muchos que se pueden poner, es como en España resulta más difícil hoy día comprar una vivienda que hace cuarenta años. Hemos retrocedido. ¿Por qué? Porque las fuerzas del mercado se han dejado a su libre albedrío, y porque los ayuntamientos han primado sus propios intereses. Es sólo un ejemplo. En otros países es la atención sanitaria, como ya expliqué. En otros países es la misma libertad la que retrocede.

Qué gran cosa es ser gobernante de una nación. ¿Por qué siempre suelen llegar los mismos a esos despachos?

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