domingo, mayo 23, 2010

No querría yo hablar hoy del cloroplasto, ni de los ribosomas.


Domingo por la tarde, paseo dominical por uno de los grandes parques de Roma, uno cercano al Janículo. Un parque como éste, en primavera, siempre me ha recordado algo a una versión urbana del Jardín del Edén. Niños que corren alegres, parejas de enamorados que pasean cogidos de la mano, matrimonios sobre la hierba que charlan tranquilamente mientras el sol les da en la cara. Un rebañito de carmelitas se ha cruzado conmigo y el cura que iba a mi lado. Una a una, iban en parejas, nos han saludado al pasar a nuestro lado.

Después, a la hora de la cena, un italiano nos ha traído una bandeja de pastelillos en un arranque de felicidad porque su partido de futbol había ganado. Creo que ha dicho que era del Inter. A mí eso me sonaba a nada, es como si hubiera dicho: mi equipo es el FLNPRS.

Por la noche, el consabido paseo hasta el Vaticano, a solas, rezando el rosario. Siempre me quedo un par de minutos parado rezando delante de la fachada.
Una de las cosas que este año he hecho todos los domingos, para mí ha sido un redescubrimiento, ha sido guardar el descanso dominical. No lo hacía desde los tiempos del seminario.

A ver si mañana algún obispo dice algo de alguna célula, de cualquiera de las que hay por el mundo. Me gustan ese tipo de polémicas. Aunque claro, yo siempre me pongo del lado de los obispos. La lucha entra las células y los obispos siempre me tendrá del lado de los obispos. Qué se habrán creído las dichosas células.

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