jueves, mayo 27, 2010

Stalinfort


Acabo de ver la película-reportaje de Michael Moore, Capitalismo, una historia de amor. Los anteriores documentales de Moore no me habían gustado, pero éste sí. Su cinta cae en la demagogia pura y dura, pero en su crítica del sistema económico actual dice verdades, grandes verdades. Verdades de ésas que no se escuchan por ningún lado.

A todos los estudiantes de economía, les recomendaría este título sin dudarlo.

Dejando aparte el documental con sus aciertos y sus defectos, alguno debe pensar que como defensor del orden instituido que soy, debo ser partidario del sistema social actual. Pues sí, pero también no.

Es decir, estoy a favor de El Corte Inglés, del Pizza Hut, de mirar escaparates los domingos, de los derechos de los empresarios, y de tantas y tantas cosas más que constituyen nuestro actual sistema. Pero al mismo tiempo cambiaría tantas cosas. (A esta última afirmación se le puede poner un tono ingenuo y cándido.)

Hay tantos principios económicos que damos por verdaderos de forma descontada. Tantas cosas que nadie pone en duda, porque el mero hecho de que nadie se plantea de que puedan ser de otra manera.

En mi faceta de reformista constitucional (suelo dedicar tres o cuatro horas al año a este tema), cuántas veces me he imaginado reformando un país de arriba abajo. Aunque soy consciente de que salvo que sea yo enviado como un nuevo Moisés a alguna isla diminuta de las Antillas, esta faceta quedará relegada al desuso.

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