sábado, mayo 15, 2010

Un día otoñal en los comienzos de la primavera



Al levantarme, he comprobado que he perdido 200 gramos. El desayuno ha consistido en el consabido pan con tomate. Mañana trabajando en la tesis. Después de la comida, he acompañado a una visita española hasta el Vaticano. He esperado media hora en la cola para entrar, rezando el breviario bajo el paraguas. No era tarea fácil apoyar el paraguas en mi hombro para pasar página. Las gotitas finas caían sobre las delgadas páginas de tanto en tanto. Tras media hora, le he dicho a la persona que debía volver a mi collegio a seguir trabajando. La persona ha estado esperando una hora más para poder entrar. He concelebrado en la basílica junto a la que vivo. Allí he cantado el aleluya. Yo mismo me he sorprendido al escuchar lo bien que sonaba con el eco de las altas bóvedas. De hecho, me han dado ganas de seguir cantando. Después hemos ido a cenar a un restaurante tailandés con esta amistad. Me he comido espinacas con sésamo, un pez con forma romboidal que en inglés se llama Turbot, y de postre un helado de té oscuro, que me ha sabido a truenos. Al volver a mi casa me apetecía ver un reportaje en youtube. Un reportaje italiano sobre Musolini. Pero mi Internet es desesperante. Llevo 47 minutos de conexión y sólo se han descargado seis minutos del reportaje. Ha llovido todo el día. Un día gris, fresco. Ya he tomado mis cucharadas de Nocilla. El día está muriendo. Leeré un poco en la capilla antes de irme a la cama.

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