sábado, junio 19, 2010

Ascendiendo hasta lo más alto de la cúpula eclesial

Ayer visité la cúpula de la iglesia de Santa María en Alcalá. No miento si digo que visité sólo la cúpula, pues entré a la iglesia subiendo por una escalera externa por la que se accedía a una pequeña puerta lateral, a través de la cual se entraba en el entramado de andamios que llenaba toda la capilla del Santísimo Sacramento.

La capilla era una selva de estructuras metálicas. Afortunadamente mi Virgilio en aquella Divina Comedia de la restauración, era el arquitecto de la diócesis, Trinidad, la restauradora/historiadora/traductora del departamento técnico del obispado. Junto a mí iba un catedrático de Madrid. El arquitecto nos enseñó hasta el último centímetro de la cúpula. Nunca pensé que una cúpula está tan alta. Francamente, desde abajo no se ven tan altas.

Eso sí, descubrí que no tengo vértigo. Si tengo una buena barandilla hasta la cintura, no tengo vértigo. Pero no me veo con vocación a subir por andamios. El suelo está muy lejos. Fue un hecho casi milagroso el que mi clériman negro saliera tan impoluto como cuando entré. Los años me han otorgado una cierta experiencia.

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