jueves, junio 10, 2010

Entre miles de sacerdotes


Hoy miércoles anduve por la mañana a la Basílica de San Juan de Letrán. Escogí mal la bolsa para llevar el alba, la estola y el breviario: demasiado pesada para tan poco equipaje. Pero cuando me di cuenta de ello, era tarde. Y tuve que cargar con ella tres cuartos de hora de caminata a paso ligero. Una mala elección motivada por la prisa. Si a eso añadimos que hacía un sol inmisericorde y que había una cola larga para entrar a la basílica, fácilmente llegaréis a la conclusión de que antes de entrar al templo acabé empapado de sudor.

Entre otras cosas, porque bajo ese sol, dentro de mi sotana debía hacer 50 grados. Por lo menos 30 grados centígrados y otros 20 más Farenheit. Podría haber horneado panecillos con solo meterlos bajo mi hábito talar negro con aquel sol sinaítico.

Pero dentro se estaba fresco en aquel templo enteramente cubierto por aquella nube de albas. El altar se hallaba rodeado de aquel presbiterio mundial, una misa planetaria, la Tierra entera estaba alrededor representada en sus pastores.

Era tan bonito enterarte cómo tal cura había venido sólo desde Bolivia pagándoselo de sus ahorros. ¿Con qué fe, con qué ilusión, no habría hecho ese cura semejante viaje desde aquel confín del mundo? Era evidente la fe sencilla de los curas jóvenes y ancianos que se encontraban por primera vez en la ciudad tantas veces mencionada. Se les notaba a los que tenían más experiencias en los viajes y habían venido en grupo, no por eso habían hecho pequeño sacrificio pagando un viaje a una ciudad donde lo único que iban a hacer, esencialmente, era rezar y celebrar su fe.

Me regresé al centro de Roma en un autobús de curas franceses. Comí con unos amigos ecuatorianos y por la tarde me fui al Aula de Pablo VI a escuchar las conferencias, intervenciones y algunos grupos musicales. Muy bonito el coro de monjes ortodoxos que cantó. Los que tenía en los asientos de delante eran chinos. Para ellos Roma era la ciudad tantas veces soñada: la Ciudad de los Papas, la Urbe de los mártires, una de las cunas de la fe.
Sí, ésta es la celebración de los peregrinos sencillos. Ellos, los sencillos, encuentran aquí lo que han venido buscando: reunirse con los hermanos y alabar a Dios. Sentir con la Iglesia.
Todas estas razones espirituales no han sido obstáculo para que hoy me tomara un buen postre de chocolate y crema. Lo espiritual no quita lo material. Somos católicos, no unos puritanos recién desembarcados del Mayflower en la Costa Este. Mañana no descarto ir a comer con unos amigos a un restaurante coreano.

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