sábado, junio 26, 2010

Indignación vaticana ante el registro belga


El pasado jueves, la policía belga ha humillado todo lo que ha podido a los obispos de esa nación con un registro que parece más digno de un Obersturmführer que de un prudente servidor de la Ley.
Yo creo que el cardenal Daneels debió mirar varias veces por la ventana a ver si veía las cámaras de cine grabando esa segunda parte de la Lista de Schindler.

Por supuesto que la humillación a la que fueron sometidos los obispos, fue hecha dentro de la Ley. Pero la Ley da para mucho.

Recuerdo que una vez que venía yo de Estados Unidos, tenía veinticinco años y quince kilos menos, estaba a punto de salir de la zona de recogida de equipajes a la terminal, cuando un guardia civil me preguntó en el tono más grosero posible que de dónde venía. Se fijó en mí porque era el único con sotana entre los cientos de personas que transitábamos por aquella zona. Y aquel agente (que se parecía como una gota de agua a Torrente, el brazo tonto de la Ley), me ordenó con el mismo exigente tono maleducado que abriera mi maleta y sacara todo lo que tenía dentro.

Por supuesto que hubiera obedecido exactamente lo mismo a ese sujeto con uniforme, aunque me lo hubiera pedido con amabilidad. Pero lo que me llamó la atención era el brillo de sus ojos al dar las órdenes. Un brillo de orgullo que parecía decirme: por mucho que seas cura, me tienes que obedecer, aquí mando yo.

El genio detrás del registro belga se ha contentado de momento con registrar dos sepulcros. Si hubiera estado en el Vaticano, hubiera ordenado remover los restos de todos los Papas de la cripta, bajar la bola de la cúpula de la basílica, y ver qué hay debajo de las columnas. Por eso es tan importante que el Vaticano sea un estado independiente: hay mucho Torrente suelto.
Yo le aconsejo al fiscal, juez o ministro que haya ordenado esto (quizá los tres sean una misma cosa de facto) que se tome una tila, que se relaje y que trate de exorcizar sus traumas personales a base de ejercicio físico al aire libre, mejor que con registros funerarios, retenciones episcopales de nueve horas, camiones llenos de documentos (en concreto dos) haciendo mudanza, y todo eso.
Lo que hemos visto parece más propio de una ópera con el coro doliente de obispos a la derecha del escenario, y el inspector napoleónico subido a una mesa recitando sus arias blandiendo su espada con afectada majestuosidad.

No puedo evitar la tentación de entresacar dos versos de la más famosa parte de Carmen de Bizet, cuando la cigarrera canta:

Jamás, jamás ha conocido la Ley.
El pájaro al que crees sorprender bate el ala y vuela.

Yo al fiscal-juez-ministro me lo imagino enfundado en una gabardina hasta los tobillos entrando en el palacio episcopal con una pistola en la mano. Y, como en las películas, tras hurgar con su inefable instinto policial en un cajón lleno de papeles aparente inofensivos, sacar una cuartilla y exclamar: ¡VOILÁ!

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