domingo, junio 27, 2010

Indignación vaticana por el registro belga II


En realidad, el registro del arzobispado el jueves más que un acto judicial ha sido un acto de humor belga.

Claro, en un principio nos lo tomamos en serio y nos sulfuramos. Pero después hemos recapacitado y nos hemos dado cuenta de que no era un acto judicial, sino un entreacto lúdico-cinematográfico. Lo importante era la estética: los camiones llenos de documentos, los sepulcros silenciosos, el agente serio que exigía los móviles. El agente que tenía que repetir la orden, porque los obispos no le entendían, no se hacían cargo. El obispo al que le costaba sacar su teléfono. Su cara, su mirada, al dejarlo sobre la mesa. Todo esto es Hitchcock puro, Coppola en la primera parte de su trilogía. No hemos sabido valorarlo. Nos hemos centrado en los detalles judiciales y, reconozco mi culpa, nos hemos olvidado del verdadero significado estético de la acción.

¿Acaso no sentía el inspector un escalofrío de placer al verse a sí mismo como un Poirot redivivo? ¿Acaso el servidor de la Ley pudo evitar el no recordar la escena de Elizabeth cuando Valsingan encierra a los obispos en un sótano del Parlamento?

Lo único que me preocupa de todo este derroche de inteligencia para la ejecución de la Justicia y del Mal, es que me he creado tantos enemigos con mi blog, que no me extrañaría que después de muerto a algún juez no le dé por practicarme una colonoscopia y una gastroscopia post mortem, en busca de pruebas genéticas de que la dinastía carolingia es la verdadera descendiente de María Magdalena.

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