domingo, julio 11, 2010

La verdad y la paz dentro de la Iglesia

Sigue del post de ayer

Algunos dirán que lo importante no es la verdad, sino las personas.

Otros dirán que para qué discutir de palabras.

Otros dirán que, en el fondo, están de acuerdo en lo fundamental y que lo otro son pequeñeces.

Otros que lo importante es el amor. El amor y la caridad.

Tomás Moro leyó y volvió a leer el texto del Acta de Supremacía. Si lo hubiera podido jurar, lo hubiera jurado. El problema era que las palabras significan cosas. Y hay cosas que son verdad y otras que no.

El obispo de Teruel fue asesinado un mes antes de acabar la Guerra Civil. Lo único que le pidieron sus asesinos como condición para no matarle, era que firmase un documento en que negase que el alzamiento era lícito. Dado el número de todos a los que habían asesinado antes de él, sabía que no estaban hablando en broma cuando le amenazaban de muerte. Pero no firmó.

Los sacerdotes cuando predicamos, debemos recordar que estamos explicando a los fieles una doctrina sagrada. Somos oyentes de esa doctrina, no dueños. Oír para predicar. Oír con reverencia como una forma de obediencia, de sumisión.

No sé lo que es una fe adulta. Porque mi fe es la misma que la de un niño. La fe es simple, sencilla, es una fe de rodillas. Y he vacilado al escribir de rodillas, porque a veces me postro. Sí, a veces en mi oración me postro. Como si estar de rodillas no fuera suficiente.

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