sábado, julio 31, 2010

Salvar al soldado Ryan


He llegado a casa tras una cena con un antiguo feligrés de una de mis parroquias. Al volver, he visto que hacían en la televisión la película Salvar al soldado Ryan. La película es buena, pero apenas si he visto algunas escenas. Ya la vi hace muchos años.

Enseguida he ido a mi ordenador a ver la parte que, indeleble en mi memoria, me parece una de las escenas más grandiosas de toda la filmografía de Spilberg.

Ya han pasado doce años, pero la recordaba con todo detalle. Está en el minuto 32 de la película. Todo lo que va del minuto 27 al 32 es cine con mayúsculas. Spilberg en uno de sus momentos más prodigiosos. Decir que es sublime, me parece poco.

El modo en que la secretaria compara unos papeles, los coteja en otra mesa, va a un despacho de un oficial y es llevada a otro. Y como toda esa escena sin palabras, con un tempo magistral, desemboca en la escena de la granja, es un climax de tristeza que llega a su cumbre con el sentarse de la granjera en el suelo, es algo que he visto muy pocas veces en el cine.

Son cinco minutos casi sin palabras, sin música, de una sobriedad que nos hace preguntar cómo se puede conseguir tanto con tan poco. El último minuto en la cocina y en el porche de la granja debió ser repetido más de cincuenta veces, porque allí cada detalle está en su sitio y no por casualidad: el coche oficial se detiene en un encuadre perfecto, el movimiento de la granjera, cada paso que da, el modo en que se abren las puertas del automóvil, el gesto del párroco, todo, todo, conforma una escena de una altura estremecedora.

El minuto 32 de esa película, sólo ese minuto, por supuesto, vale más que toda La cinta blanca entera. ¿Por qué hay tanta diferencia entre cine y cine? ¿Por qué le das a uno una cámara y filma cumbres como ésta, y otro sin embargo hace sandeces? ¿Por qué damos la cámara a los filmadores de sandeces? ¿Por qué les damos el dinero a las personas equivocadas?

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