sábado, agosto 28, 2010

Esta es una foto de una sustitución que he hecho en verano en un pueblo


Todo el día en el hospital, sustituyendo al capellán que estaba enfermo. El día en el hospital consiste en ir visitando habitaciones, ir presentándote con suma brevedad, con una sonrisa cordial, y valorar si eres bienvenido o la mirada del interlocutor te dice: gracias, puede marcharse.

Se trata de visitar rápidamente muchas habitaciones para encontrar a aquellos que verdaderamente van a aprovechar nuestra presencia, nuestras palabras, quizá nuestros sacramentos. Ayer di dos unciones de los enfermos.

La vida en el despacho de la capellanía en el descanso tras el almuerzo, no es fácil. En esa parte no funciona el aire acondicionado, es un ático con ventanas imposibles de abrir, y estamos en agosto.

Hasta la capellanía llega el jolgorio y vivacidad de los familiares que esperar a la entrada del pasillo de obstetricia. Cada día nacen nuevos niños. El hospital, de centenares de camas, es una morada de vida y de muerte. Cada día allí los ojos de varios se abren a la vida, o se cierran definitivamente.

Los médicos como siempre con hostilidad: qué hacen los capellanes aquí. Después están las enfermeras que, aunque lo pidan los familiares, no llaman al capellán porque les da la gana. O el médico que hace un comentario despectivo cuando una anciana esposa hace una alusión religiosa. Cada vez que he estado una temporada en el hospital, me han contado historias (normalmente las esposas de sesenta años) que muestran como del indiferentismo hemos pasado a un anticlericalismo militante.

Me he encontrado con el caso, hace un año, que demuestra eso. Yo hablaba con una chica que estaba atendida por un psiquiatra, tenía trastornos de la alimentación, bulimia y anorexia. Cada día estábamos un rato. Ella no tenía nadie con quien hablar y esperaba mi llegada con alegría. Un buen día me dijo que lo sentía con todo su corazón, pero que no podíamos seguir hablando. ¿Por qué? Mi psiquiatra me lo ha prohibido de forma absoluta. No tengo otro remedio que obedecer, si quiero seguir con el tratamiento.

Podría contar muchas historias así. Sólo dentro de unos cuantos años, cuando esto madure más, nos daremos cuenta de hasta dónde ha llegado el odio a la Iglesia.

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