domingo, agosto 22, 2010

Estética de la Iglesia Católica II

Roma no es la ciudad de las torres pétreas que apuntan al cielo. Roma no es la ciudad de los tímpanos presididos por un hierático Rey-Cristo. La Urbe es la acumulación de infinidad de pequeñas y medianas iglesias, entre esos templos las grandes basílicas son una decena de excepciones. Sus mosaicos nos ofrecen una catequesis siempre cordial. Las basílicas romanas nos ofrecen cualquier idea, menos la de severidad o rigor.

Aun hoy es fácil imaginar la estética aquella discreta ciudad medieval de pequeños campanarios de ladrillo que fue Roma. Una población en la que pervivió el estilo mediterráneo. Después se superpusieron, como capas de nieve, otros estilos. La Urbe es el mejor libro de Historia de la Iglesia.

Roma, ciudad de las fuentes, de los obeliscos, de las plazas, de los pequeños cafés, de los hornos de pizza. La ciudad tiene el aspecto menos inquisitorial del mundo. Transitar esa geografía urbana supone una verdadera pedagogía para todos los eclesiásticos que, trabajando en los dicasterios, se ven en la necesidad de habitar apartamentos, collegios y residencias eclesiásticas.

Si los humanos hubiéramos tenido que diseñar la Urbe que iba a rodear al Vaticano, lo hubiéramos hecho de un modo impresionante, escurialense. Pero Dios hizo que esa ciudad fuera especialmente humana.

Estoy seguro de que Dios está detrás de las grandes obras de la genialidad humana. Estuvo detrás del Partenón, estuvo detrás de lo que de bello tienen las Pirámides, también por vía de permisión hizo que Roma fuera Roma.

Sé que ésta es una visión muy providencialista de la Historia. Pero es lo que nos enseña la Biblia, ¿no?

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