martes, agosto 24, 2010

La estética de la Iglesia Católica III


En el análisis que he hecho en los días anteriores, quizá pueda parecer que me he olvidado de que en otros lugares de la Iglesia, las comunidades se reúnen bajo unas palmeras caribeñas, o en unos espacios mínimos y aldeanos, bajo un techo de paja. No, no me he olvidado.

Ciertamente que en esa choza-iglesia puede estar un santo varón, un verdadero apóstol. Pero de la estética de esos lugares poco se puede decir. Allí donde la estética se encuentre reducida a lo mínimo, menos podremos decir. Cuanto más reducida a lo mínimo, menos comentario cabe.

Luego el silencio no debe entenderse como desprecio. Lo complejo (vg. la fachada de Notre Dame de París) permite un largo análisis. Lo simple (vg. un cura en África diciendo misa bajo un baobab) no permite tantas explicaciones.

De todas maneras, después de haber visto tantas plasmaciones de la fe, es difícil encontrar en otros lugares la emoción que se puede sentir al contemplar un capitel, un tímpano o el mismo concepto de torre gótica catedralicia. Cuántas veces hallamos en un espacio limitadísimo una plasmación esencial de la fe, con unos elementos tan reducidos en número, tan magistrales en su ejecución.

¿Quién que desde encima de las naves laterales contemple el bosque de pináculos de una catedral, la enrevesada maraña de sus arbotantes, la fortaleza divina de los contrafuertes, no sentirá el vértigo artístico que provoca su contemplación?
Sinceramente, me resulta imposible afirmar que todas las estéticas han logrado el mismo nivel de perfección, que todo da lo mismo, y que da lo mismo construir una catedral como la de Colonia que celebrar en un garaje.

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