viernes, agosto 20, 2010

Mensaje a Celso Alcaina

Me encanta leer a Celso Alcaina. Cuando escriba un libro, tendrá en mí a uno de sus primeros y entusiastas lectores. No comparto sus puntos de vista, ni su teología, ni su visión de la Iglesia. Pero resulta fascinante leer a alguien que sabe. Hay tanta gente que cree saber, y no sabe nada. Hay tantos que intentan convencernos de que saben, y todo es pura pose. El caso de Celso es al contrario, cada párrafo destila un vasto conocimiento de la materia.

Aunque no haría falta decirlo, no veo con buenos ojos que cuente aquello que prometió no contar al aceptar un oficio en la curia. No voy a abundar en el tema, porque resulta evidente.

Pero hecha esta pequeña salvedad, moralmente grande, sus escritos me han convencido justamente de que la Congregación para la Doctrina de la Fe en los años en los que él trabajó para ella, no fue el instrumento opresor, represor, inquisitorial, maléfico que muchos creen. Por el contrario, tantos años trabajando en su seno, no han dado para revelar anécdotas demasiado despiadadas. En realidad, ni mínimamente despiadadas.

Por el contrario, se percibe un organismo curial moderado, humano, comprensivo y nada intransigente. Por lo que describe, si esa congregación hubiera bajado más el listón, ya hubiera sido la casa de Tócame Roque.

Celso, me gustaría conocerte. Si vives en Madrid, tenemos que quedar un día a un paseo o una comida. Tus escritos me han hecho ver que la Congregación no podía ser tan tremenda si trabajabas en ella con toda libertad, y por tantos años. Estoy seguro de que tú no eras un falso. Lo digo sin ironía. Estoy seguro de que nadie te obligaba a escribir en tus informes nada que tu no quisieras. Luego en ese lugar había lugar para ti. Incluso allí había amplitud para admitir tus tendencias.

Insisto, para que el nivel de vigilancia, de rigor, hubiera descendido, hubiesen ya tenido que poner a Paco Martínez Soria de Prefecto, y a Gaby, Fofó y Milikito de Secretario, de Subsecretario y de Promotor de Justicia.

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