jueves, agosto 26, 2010

Ortodoxia y teología liberal: ¿Jesus de qué lado estaría? II


Acerca de lo que realmente quería hacer Jesús en su época y en el futuro, es algo a lo que le podemos dar miles de vueltas, quizá millones. Pero lo único que tenemos de Él son dos cosas: los Evangelios y la Tradición. Y ambas fuentes son coincidentes. Lo demás es ciencia-ficción.

Los cuatro Evangelios fueron escritos en lugares diversos, por redactores diversos. Los redactores ni siquiera pudieron quitar las aparentes divergencias entres los Evangelios. Los receptores no se atrevieron a cambiar ni una letra de los textos porque los consideraron sagrados. Y, sin embargo, los Evangelios nos dan una visión coincidente de la misma figura, de lo que pretendía.

El Jesús fragmentario se puede instrumentalizar. El Jesús global que nace de la lectura de cada uno de los Evangelios, no. Al final, hay una palabra clave, esencial, para entender la persona y proyecto de Jesús: Iglesia.

La apostolicidad se convierte en una necesidad ineludible para saber si estamos o no en la comunidad de vida que Él trajo al mundo. El concepto de ortodoxia está forzosamente dentro del mensaje de Cristo.

Algunos han creído que el verdadero mensaje de Cristo estaba en las letras de los Beatles, otros que estaba en las enseñanzas de Buda (convenientemente mezcladas con el cristianismo), otros en el marxismo revolucionario, otros en el integrismo más extremo y farisaico e intransigente. Todo eso, todo este pandemonium, todo este desbarajuste, se resumía en una cosa que nos enseñaron los curas una y mil veces en las clases de religión: ¿quién es Jesús para ti? No, quién es Jesús, sino quién es para ti. La verdad ya no importaba, sonaba a algo dogmático, pasado, inquisitorial, forzado, contrario a la libertad.

Cuarenta años después, la ortodoxia, una vez más, triunfa con el mismo esplendor que siempre.

Lamento no poder ponerme equidistante entre dos extremos. Lamento no poder decir esa cosa tan bonita de que la verdad está en el medio. Pero la verdad es una, y solamente una, y vino al mundo hace dos mil años. El Logos es la Verdad, y el Verbum Incarnatum dejó un colegio apostólico para defender, extender e interpretar la verdad.

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