domingo, agosto 29, 2010

Poniendo orden


Hoy, además de decir la misa en un convento de carmelitas, he hecho varias cosas. Una de ellas ha sido poner orden en las bodegas de mis ordenadores.

Cuatro ordenadores han pasado por mi historia reciente, dejando cada uno una región de documentos. Digo región, porque siempre me ha dado la impresión de que los archivos se multiplicaban, crecían en peso, en extensión, formando una maraña enrevesada, más vinculada con la historia de su desarrollo que con criterios lógicos.

Hay archivos de citas, otros son cartas, otros obras bosquejadas, otros obras acabadas, otras en desarrollo. Una obra en desarrollo puede tener cuatro o seis documentos subsidiarios: cosas que hay que leer para acabarla, esquemas, ideas. Dos de mis obras inacabadas tienen más de diez documentos que tendré que leer para llevarlas a puerto.

Mi vista tendrá que recorrer muchas páginas. Pero no importa. El oficio de escritor no conoce las prisas, sino la paciencia. La escritura es un ejercicio parecido al de tejer un tapiz: labor cuidadosa, atención a las minucias, sin perder la idea de conjunto, atendiendo al detalle.

Hoy lo he unificado todo, por fin. Absolutamente todo. Por fin la racionalidad se ha impuesto. Es como hacer una gran enciclopedia del trabajo de un decenio.

Resulta impresionante, e inquietante, ver que mi trabajo literario y teológico de toda mi vida cabe en un pendrive.

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