miércoles, septiembre 29, 2010

Cena episcopal

Una de los felices momentos que me deparó la estancia en Valencia (Venezuela), fue la cena con el obispo del lugar. Monseñor Reinaldo del Prete me pareció un obispo formidable: voz de trueno, estatura impresionante, vitalidad a raudales, alegre, jovial, llano. Un obispo que disfruta con su trabajo y que hace disfrutar a los que trabajan con él.

Como es lógico en la diócesis todos le quieren a rabiar. Lo más gracioso es que de tanto en tanto cuando me escuchaba concentrado hacía un gesto con los ojos entórnándolos y acompañando el gesto con un ligerísimo vaivén de la cabeza, como asintiendo. Un gesto caracaterístico que sólo lo he visto a una sola persona más en toda mi vida, al obispo que me ordenó.

La cena fue fantástica charlando de cosas insustanciales y de profundos temas de Teología. Nadie quería despegarse de la mesa.

En este viaje he tenido la fortuna de ser invitado por algún obispo más. Debo decir que las comidas o cenas con obispos siempre son muy interesantes. Pues es en la intimidad donde uno conoce a la PERSONA. Los demás conocen el cargo, conocen al sujeto de lejos. Pero es de cerca donde los grandes hombres brillan con la luz que les es propia, brillan sólo con la luz que poseen.

Todos los obispos con los que he compartido mesa me han tratado como amables anfitriones. Y debo decir que en un viaje como éste por varios países, el conocimiento de las personas es mucho más interesante que el conocimiento de un paisaje o unas ruinas.

Yo tengo un gran concepto de los obispos, porque se lo merecen. Muchos hablan de los obispos con un conocimiento lejano. Conociéndolos de cerca, uno ve el gran tesoro que son para la Iglesia. Ya he dicho en otros posts que considero que tenemos los mejores obispos desde, al menos, la caída del Imperio Romano. Lo pienso así con toda sinceridad.

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