viernes, septiembre 10, 2010

El horario de un sacerdote


Nada hay que más me ayude a la vida que un buen horario. Un horario donde todo esté fijado. Un discurrir de las horas, al ritmo de la liturgia de las horas, que supone para mí como el fluir de la paz del tiempo.

Un horario donde cada cosa, cada tarea, cada placer y cada trabajo, tiene su sitio, su momento, su lugar ordenado.

Es una disposición claustral del tiempo. Trato de mantener esa disposición aunque esté viajando en un avión. Y así, en los largos viajes trasantlánticos, revestido con mi traje talar, distribuyo las diez, ocho o catorce horas de viaje según un ora et labora. Tiempo para leer, tiempo para descansar, tiempo para rezar. El breviario sigue su curso e impone su ritmo, su santificación a las horas.

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