viernes, septiembre 10, 2010

El placer de los viajes


Mañana partiré a varios países a dar conferencias. Los viajes suelen dar envidia a algunas personas. Pero esas personas suelen olvidar el pequeño pago de sufrimiento que tienen esos viajes.

La tensión de un atasco en la autovía que lleva al aeropuerto. Dado que en este viaje tendré muchos viajes a muchos aeropuertos, esta tensión se repetirá unas diez veces por lo menos.

Después las esperas en las terminales. Horas y horas de esperas tratando de ocupar el tiempo. Después las demoras en la partida. De nuevo otro coche que te espera, atascos, desplazamientos hasta llegar a un punto de destino. Punto de destino que sé que abandonaré al día siguiente.

A esto se unen las semanas enteras en que, por falta de tiempo, uno no puede pasear ni un solo día ni quince minutos.

Las maletas perdidas, la butaca del pasajero de delante que no te permite leer, y sobre todo el desfase horario.

Hay muchos misioneros que este tipo de viajes les afecta al estómago. Afortunadamente, yo no siento desarreglo alguno. En cierto modo, cada vez me acostumbro más a este tipo de penitencias. Aunque os aseguro que diez horas de vuelo no es algo a lo que uno se acostumbre con facilidad. Pero no viajo por placer, sino para predicar.

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