domingo, septiembre 12, 2010

El viaje como apostolado


Una casa tranquila, con libros, con un jardincito, sin compromisos sociales, con la única tarea de dedicarse al estudio y la escritura, supone un paso del tiempo completamente distinto que el tiempo de un viaje.

Son horas las de un lado y las de otro. Pero el tiempo fluye de distinta manera, lo sentimos de forma diversa, nos rodea de un modo diferente.

Yo siempre prefiero la quietud. Aunque una no pequeña parte de mi año transcurre en medio de la agitación de los viajes. A muchos no les resulta fácil mantener la calma interior en medio de la agitación.

A mi no me cuesta mucho porque me dejo llevar. Como un niño pequeño, me dejo llevar de un sitio a otro, de una ocupación a otra. Voy sin prisas, sin alteración alguna de ánimo, ya se pierda un avión, ya por culpa de otros estén esperando cientos de personas el comienzo de una conferencia que no llega.

Trato de llevar mi propio tiempo a cuestas, en mi interior.

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