sábado, septiembre 11, 2010

Viajando


Recuerdo que una vez hablando de mis viajes a América, cierto clérigo me dijo que para qué iba, que allí ya había sacerdotes, que les predicaran ellos.

Yo le di una respuesta diplomática y humilde. Pero también le dije que si hacía esos viajes, era porque veía sus frutos.

Nadie tiene más aversión que yo a dejar la vida regular que reina allí donde vivo, mis costumbres, mi vida dedicada al estudio y la escritura, y aunque suene a pretencioso, a la creación.

Para mí nada se parece más al Edén que una casa bonita donde uno pueda trabajar con tranquilidad, con tiempo. Nada me parece más turbador que el continuo cambio, que los viajes inacabables, especialmente allí donde hace calor. Hay lugares de un calor húmedo agobiante. Si encima hay mosquitos, la cosa se redondea.

Pero sí, viajo. Nadie me obliga a ello. Yo me obligo.

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