jueves, octubre 07, 2010

Adios, verano


Bueno, se acaba mi verano. Un verano que para mí se ha prolongado hasta hoy, hasta los umbrales del otoño. El domingo ya retorno a la Urbe, regreso al centro del cristianismo. Mi vuelta junto a la cabeza de la Iglesia. Al lugar donde confluyen todos los caminos de las iglesias. Suena a retórico, pero no puedo falsear mis sentimientos.

Mi verano me ha defraudado totalmente. Me había impuesto una serie de tareas. Entre ellas sacar adelante el último capítulo de mi tesis, estudiar todos los días italiano y unas pocas cosas más. Desgraciadamente, cada día ha habido algo que hacer. Tampoco tengo la conciencia de haber perdido el tiempo. Pero las tareas diocesanas, la casa, los viajes de apostolado, muchas pequeñas cosas me han apartado de mi mesa de trabajo. Ha sido todo un verano. Todavía no entiendo adónde se ha ido el tiempo. Quizá el trabajo no requiera sólo de semanas, sino también de lugar. Hay lugares donde la quietud de ánimo es propicia para el trabajo. Y lugares que no.

Tampoco espiritualmente este verano me ha satisfecho. Comencé mi estancia el 16 de junio en Alcalá con muchos deseos espirituales, buenos deseos. Todo ha quedado en propósitos. Llegué muy consciente de que debía encontrar el sentido espiritual de mi tiempo en casa. Pero, al final, ha sido un verano muy humano.

Sí, no puedo evitar regresar con una sensación de amargura. La culminación ha sido la limpieza odontológico-inquisitorial que padecí ayer. Eso sin contar con que mi médico me ha dicho esta semana que padezco una hernia discal. La resonancia no engañaba. No sólo vi en la pantalla la hernia, sino que el disco intervertebral estaba negro. Deshidratado, dijo el médico. Añadiendo que eso era normal y que eran cosas de la edad.

Entre el dentista y usted me están alegrando la vida, pensé. Ahora, la nevera está casi vacía. El congelador sólo guarda cubitos de hielo, ya inútiles. El billete de avión ya está sobre la mesa. El domingo se aproxima cada hora. Tendré una cena de despedida con los amigos el sábado. Me espera una magnífica velada con ellos: risas, bromas, la típica ensalada de langostinos, y yo (como siempre) imitando a Dart Vader con una copa, esa imitación es ya un clásico.

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