miércoles, octubre 06, 2010

Almorzando y cenando


(La foto es de mi último viaje a Brasil)

Hoy he visto otra media hora de una película a la hora del almuerzo, y otra media hora a la hora de la comida. La película es la segunda vez que la estoy viendo. Un título que demuestra lo que es el cine como arte, el cine hecho con cariño y con oficio. La película que estoy viendo es El curioso caso de Benjamin Button.

Mi parte favorita de ese film es cuando la voz en off dice: y si el taxista no hubiera parado a tomarse un café, y si la caja de bombones hubiera estado envuelta, y si la dependienta no hubiera sido abandonada por su novio, y si no hubiera perdido el primer taxi. Es un momento que, en medio de una película de casi tres horas, no dura más allá de medio minuto, pero que es de una densidad irresistible, casi opresiva.

Una cosa que no me gustó de El amor en tiempos de cólera era que si el director había decidido hacer una película mala, ¿por qué encima aburrirnos durante dos horas?

Justamente lo contrario en la de Benjamin Button. La película es larguísima, pero no te das cuenta, deseas que la película siga y siga. El tiempo no se siente. Nada hay superfluo. La película es larga porque hay que contar cosas.

El arte de contar historias es importante. Dios mismo es un sublime contador de historias. Dios está detrás del genio del Panteón, de la belleza de las pirámides, del Libro de Kells. Dios está detrás de toda belleza. A Dios le gusta toda la belleza, y la inspira y la hace posible.

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