viernes, octubre 01, 2010

De vuelta a casa


(La foto se tomó en un auditorio de Caracas.)
Bueno, ya estoy en casa. Mi viaje por Colombia, Venezuela y Brasil ha acabado. Atrás quedan puntos en el mapa, puntos con nombres, puntos con las decenas de miles de personas a las que conocí, estreché la mano o vislumbré entre la multitud.

Bogotá, Medellín, Barranquilla, Tunja, Caracas, Valencia, Fortaleza, Sao Paulo. Miles de kilómetros, docenas de horas en aviones, en terminales. Sí, ya estaba deseando retornar a casa.

He conocido un hotel muy bueno, varios hoteles normales, favelas, dos colitis, la ansiedad de saber que mi tarjeta de crédito me la había dejado en la maleta facturada, el ataque de los mosquitos, el calor que no te deja dormir, las muchas horas de carretera, el dolor de garganta por hablar demasiado tiempo.

Pero el balance es gratificante para mí. Este tipo de viajes me recuerdan tanto a los viajes de San Pablo. Mil veces más duros los de él. Aunque, afortunadamente para Pablo, bajo un tempo más relajado.

Sí, la predicación siempre es una alegría. Y todos los esfuerzos de los viajes valen, al final, la pena. Ahora la tesis. Ahora a los cuarteles de invierno. Reclusión en mi scriptorio. Después de recorrer climas y latitudes, toca en los meses siguientes recorrer otro mundo, el de la Teología. Otras latitudes invisibles, otros caminos, los de la razón humana investigando la Ciencia de la Divinidad.

Adiós América. En pocos días, Ave Roma. Aquí el tiempo justo para hacer maletas, para dejar papeles firmados, mis libros se siguen extendiendo por el mundo. Los últimos países en que he publicado, Polonia y Brasil. Dios me ha concedido una vida bella. Nunca me he quejado.

Ahora sólo deseo regresar a mi habitación romana, a mi mesa. Para el que se dedica a la Teología como trabajo, su descanso es el estudio. Difícilmente nos gusta salir de nuestro caparazón.

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