domingo, octubre 24, 2010

Del arte de fastidiar al prójimo

Hoy he ido con otro compañero sacerdote hasta la Basílica de San Clemente, una preciosa pequeña basílica del siglo IV, una verdadera reliquia iba a decir viviente. Bueno, no está viviente, pero casi.

El caso es que me he equivocado de camino, y he tardado 50 minutos en llegar a pie. Bueno, hemos tardado en llegar, porque éramos dos. Cuando hemos entrado, muy feliz le he preguntado a un dominico de unos 40 años y tez morena que allí estaba si podíamos concelebrar. Sin inmutarse me ha contestado que estaba esperando a alguien y que no podía buscar las dos albas que necesitábamos.

La contestación era tan sorprendente que repetí lo que me había dicho por si no le había entendido bien. Pero sí, le había entendido bien. Aunque insistí en el tema con la mayor diplomacia que pude, se mostró inflexible: tenía que esperar a alguien y no podía ir a buscar las albas. ¿Y no hay nadie encargado de la sacristía que pudiera hacerlo? Yo soy el encargado de la sacristía.

Bien, no había ningún problema. Al fin y al cabo sólo había sido una hora para llegar a la basílica y algo más de media hora de vuelta.

Debe ser un gran placer ser Papa y poder coger el teléfono y decirle: Mañana parte usted para una comunidad de dominicos en el Sáhara. ¿Qué le gusta el calor? Pues le envío a Ucrania.

En fin, si me está leyendo el superior general de los dominicos (como me imagino que lo estará haciendo), confío en que le envíen como encargado de los establos de alguna comunidad en Brubruzhsisghistán.

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