domingo, octubre 03, 2010

El aspecto de Karl Marx


Para un calvo barbilampiño como yo, Marx es un buen ejemplo de riqueza capilar, de abundancia en melena, barba y cejas. Eso no es una barba, es una selva. Allí probablemente había hasta guerrilla.

Cuando le vi, por primera vez, con todo ese pelo creí en el paraíso socialista. Pero no. Las cosas no son como las pintan. Él que predicaba el reparto y la lucha contra las diferencias, nunca cedió ni un solo mechón de pelo ni siquiera a los que leímos El Capital. Todo mi pelo para mí: esa frase no aparece en ninguna de sus obras, pero así fue. De forma que el marxismo ya comenzó mal. Por lo menos para los calvos, mal.

Pusieron el Sputnik en órbita, lograron hacer micrófonos-espía increíblemente reducidos, derrocharon fortunas en ballet, en estaciones de metro-operísticas, en todo tipo de investigaciones científicas. Pero en investigar en una revolucionaria (nunca mejor dicho) loción para calvos no gastaron ni un miserable rublo del presupuesto nacional. Y eso que si lo hubieran logrado, todos hubiéramos dicho: cayó el muro, el comunismo no funcionaba, sí, sí, pero ellos acabaron con los calvos.

Le he preguntado a Masiá si tiene algún remedio budista o pseudocristiano para que vuelva a brotar la vida sobre mi cabeza. Me ha dicho que me vaya al infierno. Una semana después me ha enviado un engrudo negro en un frasco. No sé si ha sido una reacción misericordiosa de su caridad, o se trata de un refinado ardid para su venganza definitiva. Creo que probaré primero con la punta de un dedo a ver si sale humo.

Se lo preguntaré mañana a Arregui. Aunque cualquiera se fía de los franciscanos. No me atrevería ni a meter la punta del dedo meñique en el frasco.

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