miércoles, octubre 13, 2010

Forty in Rome

Recién llegado a Roma me recibió el calor de verano de esta ciudad mediterránea. Dejé un Madrid en el que el otoño castellano con su frío ya había llegado para no marcharse. Dejé un Madrid frio y lluvioso, llegué a una ciudad todavía en verano.

Cuando llegué en el taxi a mi collegio todo me era conocido: el edificio, las calles, el recorrido desde el aeropuerto, la escalera por la que se subía hasta la residencia sacerdotal. Nada que ver con la primera vez, hace un año, en la que me enfrentaba a lo desconocido. ¿Cómo me recibiría el rector, cómo serían los estudios, cómo sería mi vida allí?

Lo primero de todo fue ir al desván a recoger las diez cajas donde había guardado mis cosas. Cuando metí las cajas en mi habitación, fue como jugar al Tetrix. El espacio era tan reducido, que para meter una caja en un sitio o sacar las cosas de una caja, había que hacer espacio moviendo otra caja encima de otra. Organizar la habitación no fue tarea de una hora, sino de varias horas repartidas entre esa tarde y la mañana siguiente.

Después descubrí que Internet seguía sin funcionar bien en el collegio. De hecho tengo que escribir esto en un ordenador, meterlo en un pendrive y con mucha paciencia tratar de colgarlo en otro ordenador mío en la sala de espera de huéspedes. Labor larga, lenta y enojosa por las continuas interrupciones de la transmisión de datos.

Por eso, todos los que me escribaís correos, sabed que los contestaré lentamente en los próximos días o semanas según la urgencia del e-mail.

Lo primero que hice tras la cena fue ir andando hasta el Vaticano. Allí recé lleno de fe, sabiendo que tras esos muros, tras esa fachada renacentista está el cuerpo del Apóstol que escuchó directamente a Nuestro Señor mientras estuvo visible en la tierra. Lo demás os lo explico mañana.

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