jueves, octubre 28, 2010

Pretérito pluscuamperfecto y presente perfecto


De nuevo de noche, de nuevo escribiendo este post en este comedor vacío y oscuro a estas horas después de la cena. Ya la última tertulia se ha ido disipando dejando en silencio los alrededores de esta mesa.

Una vez que el post aparezca en mi blog, me iré paseando hasta el Vaticano. Un paseo silencioso, tranquilo, meditativo. Una magnífica conclusión del día. A las 11.15 leeré la Biblia hasta que me vaya a acostar.

Leo algunas noticias eclesiales. Me sorprendo. Nunca he entendido qué idea tienen algunos de la obediencia y, en definitiva, de la Iglesia. Al final, siempre es lo mismo: lo personal deforma la santa simplicidad de unos dogmas, de un mensaje, de una vida que es tan sencilla.

En mi vida he hecho de la obediencia no una virtud, sino una estrella que guía mis pasos. Su luz me da calor, me da seguridad, me conforta en los peores momentos de mi pasado. Jesús era obediente. Jesús era obediente, se hizo obediente, llegó a la obediencia usque ad mortem.

La vida al final se reduce a una obediencia a la conciencia, al superior, al Magisterio, a Dios. Y no hay contradicción entre estas cuatro realidades. Sino que entre las cuatro reina un orden y una armonía admirable y perfecta, pudiéndose llegar a decir que son, en cierto modo, una misma cosa en lo que a esta virtud se refiere. Siendo la conciencia, el superior y el Magisterio canales de un mismo Dios. El mismo orden que reina en la naturaleza, reina en la Iglesia.

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