lunes, octubre 11, 2010

Roma, Roma.




Hoy he puesto dos fotos. La de mi primera salida a Roma hace un año, y la de mi salida rumbo a Colombia hace un mes.

Siempre que tomo un avión, voy a la capilla a rezar un poco. Según la hora de mi partida, celebro misa allí.

Dejé un Alcalá lluvioso, gris. El otoño con su nostalgia se había enseñoreado de las calles hace tan poco luminosas, llenas de turistas, de movimiento, de alegría.

Ya nada me retenía en mi querida Alcalá. La tesis me esperaba. Y me esperaba en Roma. No en cualquier parte del mundo, sino allí. Los libros habían sido reorganizados colocándolos en sus lugares en los armarios, los papeles habían sido archivados, las ropas plegadas en los armarios. Los últimos préstamos de las bibliotecas devueltos. Todo olía a partida.
Como siempre, y esto puede sonar retórico, mi viaje era hacia Dios. Viajaba a la Urbe en busca de Dios, de una relación más profunda, más intensa, con el Creador. En mi caso sé que tenía que ir allí. Dios está en todas partes, pero sabía que yo debía ir a esa ciudad en concreto. Los libros, al fin y al cabo, son papeles. Papeles manchados de tinta. Sólo Dios justifica los esfuerzos, los viajes, el estudio, el abandonar una casa por una pequeña habitación.

Un viaje más en mi vida. El número de viajes está limitado, es un número finito aunque lo desconozcamos. Un viaje más se resta a la lista. El Dios que conoce la lista completa, seguro que me mira indulgente.

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