lunes, octubre 25, 2010

Seguimos con el arte de fastidiar al projimo, aunque esta vez sin culpa. O por lo menos sin demasiada culpa.


Hoy he ido a una cita con cierto profesor de cierta universidad, habíamos quedado para comer juntos. La razón era que ese profesor era de mi curso en el seminario. Cuál ha sido mi sorpresa al ver que el tiempo pasaba y el antiguo compañero no aparecía. Finalmente he regresado a casa. Sea dicho de paso, en mi collegio ya no podía comer, la hora había pasado y la cocina se cierra (con llave) pasados unos quince minutos de recogidas las mesas.

Cuando regresaba en esta mañana lluviosa y gris, y sin comer, a mi habitación, pensaba lo que significa una cita.

Cuando quedas con alguien en un sitio a una hora, confías en esa persona. Quedar supone confiar.

Es cierto que la memoria falla, pero curiosamente nunca olvidamos citas con un cardenal o con un obispo.

Yo tengo muy mala memoria, pero como dice mi madre: tú tienes mala memoria para lo que quieres.

Y tiene razón. Nunca olvido una cita, siempre sé dónde he dejado un libro, o un bolígrafo o dónde tengo tal dato en mis laberínticos archivos del ordenador.

En el fondo, tiene razón. Ahora me acabo de acordar de que tengo que ir pensando en qué comprarle a mi madre y a su marido el día de Navidad.

En los últimos años siempre he comprado lo que los lectores me han sugerido. Pues me habéis sugerido cosas originales y buenas. Sugeridme, leeré los comentarios hoy. Recordad que hace dos años me sugeristeis que les comprara a los dos una buena (muy buena) botella de vino (muy buena significa muy costosa). Al año siguiente seguí el consejo de comprarle a mi madre un foulard, que le encantó. ¿Y este año qué le compro? Soy todo oídos. Y mientras no me pidáis que le compre un camello o un botijo os haré caso.

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