domingo, noviembre 21, 2010

Domingo, día del Señor


Lo que son las cosas, hoy he vuelto a la joyita de basílica, pequeña y primitiva, en la que un dominico no fue muy amable cuando otro sacerdote y yo fuimos a concelebrar. Y lo de que no fue muy amable es un modo piadoso y caritativo de no decir lo que me pareció el individuo en cuestión.

Pues bien, hoy he vuelto y me he encontrado con otro dominico que ha sido la amabilidad en persona. Y decir esto es poco. Porque me ha enseñado durante hora y media los cuatro niveles inferiores bajo el templo. Le he estado tan agradecido que le he invitado a comer a mi collegio.

La basílica que me ha enseñado me ha sorprendido como pocas cosas en Roma. Cuando me ha dicho voy a enseñarle la cripta, me imaginaba una cripta más grande o más pequeña, pero no me imaginaba que debajo hubiera un mundo. Ni más ni menos que cuatro niveles. El cuarto nivel de túneles con muros y pavimentos de la época anterior al incendio de Roma, tal vez neroniano.

Incluso había un templo dedicado a Mitra bajo la basílica, calles, casas, un arroyo que sigue manando agua como en los tiempos del siglo I, frescos, columnas. Aquello no se acababa nunca.
Por la tarde, tras la comida he visto Barry Lyndon, una película que me faltaba por ver. He leído a Manguel, Una historia de la lectura, libro brillante, tan soberbio como la cripta que había visto por la mañana.

A media tarde me he ido a dar un paseo hasta una pequeña iglesia, una capillita más bien, muy antigua, donde estuvo San Benito. Allí he hecho mi rato de la oración de la tarde. Tanto al ir como al volver llovía de un modo desaforado. Ha estado lloviendo toda la santa tarde. En algunos momentos más que con intensidad casi con ferocidad.

Si no fuera porque no aparecen las lluvias intensas en ninguna parte del Apocalipsis, hubiera pensado que era el final del mundo. Hubiera sido una pena, que se acabara el mundo a dos años de acabar mi tesis doctoral.

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