jueves, noviembre 18, 2010

El Museo Metropolitano de Nueva York


La foto es del Museo Metropolitano de Nueva York. La niña es la encantadora hijita de una de las cuatro estrellas que han brillado en mi viaje. No puedo olvidar las amabilidades de Rocío y Mónica, sea dicho de paso, la mejor cena en todo mi viaje. Un oasis griego en medio de un mar de restaurantes italianos. Recuerdo con agradecimiento la bondad de Rosa y su hijita Alexandra con la que compartí las últimas horas neoyorkinas. Esa niña era un cielo. Y debo hacer mención de la incomparable eficiencia a toda prueba de Evelyn, a la que ya llamo mi vicaria general y mi vicepresidenta. Todavía no comprendo como en todos estos años no ha tenido ni un solo fallo al organizar tantos y tantos vuelos, conexiones y coordinación de personas que me recogen de un sitio a otro. Nunca ha tenido ni un solo error, ni siquiera pequeño.

Como siempre, Nueva York estuvo esplendorosa. Sigo conociendo más y más sus barrios exteriores, los que rodean a la isla de Manhattan. Siempre pienso que será difícil que el nuevo siglo produzca una urbe tan apasionante como la manhataniana. Aunque cada siglo, hasta ahora, nos ha sorprendido.

Sea cual sea la nueva capital del mundo que aparezca en el futuro, a mí ya me cogerá viejo. Ah, no os he contado las tortitas con miel que me comí un día con Mónica, Rocío y su marido. La típica montaña de tortitas con azúcar como para matar a cinco diabéticos, con su mermelada de cramberries. Después estas cosas pasan factura. ¡Cuántos paseos de casa al Vaticano tendré que hacer para sacar ese kilo suplementario de mi cuerpo!

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