miércoles, noviembre 24, 2010

Funeral por un cardenal español


Hoy me he dicho: ya que tengo que celebrar misa, ¿por qué no concelebrar en la misa de funeral de un cardenal español fallecido hace dos días?

Así que me he ido al Vaticano, que lo tengo cerca andando, y he visto primero el modo impresionante como traen el féretro dentro de la Basílica. Una procesión precedida por la cruz, varios monseñores, un coro de seis en fila de a dos y un canónigo del Vaticano con capa pluvial, la Basílica tiene su propio cabildo. Tras ellos venía el féretro llevado por seis señores, seis señores con el uniforme y abrigo gris de los que cuidan del orden en el templo. Detrás los familiares y conocidos.

La misa, como es lógico grandiosa. Aunque sólo concelebraban los veinte cardenales presentes presididos por el Decano del Colegio. He aprendido que el color de un funeral por un cardenal es el rojo, lo mismo que por un Sumo Pontífice. Las oraciones, en latín, eran las propias para esa dignidad.

Al acabar la misa, el coro ha comenzado a cantar y todos nos hemos sentado: quedaba el rito de la valedictio. Ese rito consiste en que al cabo de un minuto o dos ha llegado el Papa, revestido con capa pluvial, en la mano llevaba su férula de oro (el báculo en forma de cruz). Al Papa lo seguían sus más inmediatos colaboradores en la Casa Pontificia. El Sumo Pontífice ha dicho unas palabras, ha rezado una oración y ha aspergido agua e incensado el féretro.

Acabados los ritos, he vuelto a mis trabajos y quehaceres. Un día más. Una dosis de belleza más. Belleza y oración, liturgia y vida. El centro de la Iglesia y un doctorando al lado de ese vórtice. Un vórtice estático y dinámico cuyos brazos y remolinos menores se extienden hasta los confines del mundo y de la historia.

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