martes, noviembre 30, 2010

La foto es del Museo Metropolitano de Nueva York, hace un par de semanas

Hoy ha habido una gran manifestación en Roma. No he visto a la gente, ni las noticias en la tele. Pero por los gritos que se escuchaban a la puerta de casa, aquello parecía la Toma de la Bastilla. Hasta la gran basílica en la que vivo ha cerrado sus puertas, la primera vez que veo que se hace eso. El templo inmenso junto al que vivo abre sus puertas a las 6:30 de la mañana, y no las cierra hasta las 19:30. Así todos los días.

No tengo ni idea de qué es lo que pedían los manifestantes. No sigo la política italiana, y no tengo ninguna intención de hacerlo. Me aburre hasta la de mi país, como para meterme a saber lo que pasa en casa ajena. Mi conocimiento de la escena política italiana se limita a unos cuantos rudimentos: esto no es una monarquía hereditaria, existe una votación universal cada cierto periodo de años, y por lo que me parece ver en los telediarios un tal Berlusconi es el que gobierna.

Hoy por la noche he ido a concelebrar a la Basílica de San Andrés. Los teatinos han sido magníficamente hospitalarios conmigo. El cardenal, no recuerdo el nombre, era tan anciano que ha asistido a la misa en el presbiterio, a un lado, pero sin concelebrar, sentado entre dos diáconos con dalmática que le ayudaban a levantarse. Era una delicia de cardenal a sus 84 años: atento, humilde, desvalido por los achaques de la edad, se le ve que es una persona encantadora. El típico ancianito perfecto. Sin duda es el que más ha disfrutado de la celebración. Al llegar a la sacristía nos ha dicho unas palabras, apenas quince segundos, que han valido por un sermón. Unas palabras dichas con el corazón.
Sea

Sea dicho de paso, hoy durante la noche he tenido cuatro sueños. Durante todo el día no ha parado de llover. Nos han puesto espaguetis para comer y pizza para cenar. Y ahora me voy a la cama amando cada vez más esta ciudad.

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