lunes, noviembre 22, 2010

Santa Cecilia, ora por mí y también por los demás


Hoy ha sido un día en el que el trabajo ha cundido mucho. Tras trabajar todo el día en los campos teológicos y haber llenado mis graneros, decidí ir a la misa de las seis de tarde en la iglesia de Santa Cecilia. Celebrar la solemnidad de Santa Cecilia en la Basílica de Santa Cecilia.
La misa ha sido grandiosa. Allí estaba el Cardenal-Arcipreste de la Basílica de San Pedro del Vaticano en un impresionante ábside completamente rodeado de presbíteros de distintas partes del mundo. El ciborio de mármol magnífico, los ancianos diáconos con sus antiguas dalmáticas. Representantes del ayuntamiento, de la policía que han llevado una corona de flores a la santa, el Coro de la Capilla Sixtina, el pueblo fiel abarrotando el templo y encantado ante aquella liturgia que a mí me retrotraía todo el tiempo a siglos pasados, al comienzo de la Iglesia. La liturgia siempre ha sido para mí un alimento de mi vida espiritual, una luz para mi fe. En la liturgia es como si viera a la Iglesia, como si el misterio de la Iglesia se me hiciera presente y me sintiera injertado en ella: el pueblo fiel, el clero, el obispo, nuestros hermanos bienaventurados, María, Jesucristo. La liturgia para mí es de por sí una razón para creer. Inundado, rodeado, permeado de la unción de los ritos mi alma respira aires del Cielo.

Pero para eso hay que hacerla bien, con dignidad. Si encima la realizan de un modo óptimo, donde la gloria es palpable, entonces mejor, muchísimo mejor.

Al volver me he quedado veinte minutos adorando al Santísimo Sacramento en la Iglesia de Santa María in Via Lata. No he llegado a la cena, así que me he comprado un pequeño panino de queso y jamón, que he comido en mi habitación mientras veía un trocito de Schreck 2 que me regaló Carmen, una lectora del blog.

Notaba antes de celebrar la misa y al regresar que un cura me miraba mucho. Siempre que mi vista chocaba con él, allí estaba mirándome. Acabada la misa, mientras nos tomábamos unas pastas con té, se me ha acercado y me ha preguntado en italiano: ¿es usted el autor de Summa Daemoniaca?

Le he dicho con la taza de té en la mano: No, pero me parezco mucho. El auténtico es mucho más apuesto y gallardo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario