viernes, noviembre 26, 2010

Un secreto

Hoy ha sido un día de extraordinaria devoción y presencia de Dios. Me iba a guardar el secreto para mí, pero os lo comparto para animaros a que lo hagais vosotros también: el ayuno.

El ayuno tiene indudables efectos espirituales. Uno de ellos es que llena al alma de gusto por las cosas del Reino de los Cielos. Con una medida tan simple, es siempre sorprendente como el espíritu se fortalece.

Si quereis hacer también vosotros esta santa práctica que Jesús nos enseñó con su vida, sabed que a mi entender hay tres tipos de ayuno:

El ayuno eclesiástico: Es el de el Miércoles de Ceniza o el Viernes Santos. Consiste en hacer una sola comida normal en el día, y una frugal colación a la hora del desayuno y de la cena. Por ejemplo, una fruta, o un poco de pan, o un yogur.

El ayuno a pan: Consiste en hacer tres comidas al día, pero sólo a pan y agua.

El ayuno de la cena: Consiste en no cenar nada durante un día. Este ayuno se puede hacer dos o tres veces a la semana. Pudiéndose tomar una fruta a la hora de la cena si se desea.
Este tercer ayuno es el más ligero de todos, y por tanto es un buen modo de comenzar esta práctica. Además, si vienen muchas tentaciones de romperlo, lo mejor es salir de casa a dar un paseo, o entrar en una iglesia a rezar. En las grandes ciudades a veces hay iglesias con exposición del Santísimo Sacramento por la noche.

El ayuno lo hacemos por Dios. Lo importante es el agradecimiento de Dios, pero también tiene beneficios para el cuerpo. Sabed que una noche sin cenar, es medio kilo menos al levantaros por la mañana. Piénsalo, porque últimamente te estás poniendo como una vaca suiza.

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