sábado, noviembre 27, 2010

Uno de los momentos de toda mi vida en que me he reído con más ganas

He recibido hoy una encantadora carta de una antigua feligresa mía: cuando la conocí tenía nueve o diez años. Tuve la alegría de verla crecer durante siete años. La veía cada día. Año tras año, creció en edad y en vida espiritual. Al final, dedicaba cada día no menos de dos horas a la adoración del Santísimo Sacramento. Su alma era una verdadera flor de santidad.

Una vez me hizo reir en mitad del canon de la misa. No voy a contar la historia, porque es un poco larga. Pero literalmente no me pude aguantar y tuve que interrumpir la misa para reirme con ganas. Menos mal que era un día de diario y sólo estábamos unas treinta personas que éramos como una familia. Todos nos reímos sin poder parar. Ha sido una de las cosas más graciosas que me han pasado en la vida.

Bueno, os cuento la historia. Resulta que había sido recién elegido esa semana Benedicto XVI como Papa. Pero en el canon, cada vez que llegaba el momento de mentar al Papa, la costumbre de toda una vida se imponía y siempre mencionaba a nuestro Papa Juan Pablo. Al momento me corregía y añadía: ¡Benedicto!

El primer día pensé que había sido un error que no tendría continuidad, pero al tercer día ya ví que mi mente era menos flexible de lo que cabía esperar. Parecía que el nombre se me había petrificado en alguna parte del cerebro y se resistía a salir.

Cada día, antes de salir de la sacristía, me repetía: Benedicto, Benedicto, Benedicto, Benedicto. Pero al llegar el momento de la verdad, decía: por nuestro Papa Juan Pablo –apretaba los puños, y añadía-: ¡Benedicto!

Amelia y Myriam desde el primer día hicieron del tema asunto de sonrisitas, risitas y codazos. Las dos con unos dieciseis años eran todo alegría. Aquel lapsus mío hacía sus delicias en mitad de la seriedad de la misa. Era como un oasis ese error mío.

Pues bien, al cuarto o quinto día, yo pensé: hoy os vais a enterar. Y cuando llegó el momento dije: por nuestro Papa, ¡BENEDICTO! Y pensé: os fastidiaís. Seguí rezando, pero no lo pude evitar, fue inconsciente, levanté los ojos del misal para mirarlas a ellas, como diciendo: ¿qué os pensabais?

Allí estaban ellas en el banco, una al lado de la otra, mudas, sorprendidas, estaban seguras de que me iba a equivocar. Pero no tardaron en pasar del mutismo a las risitas y esta vez me las contagiaron completamente. Los treinta feligreses estaban al tanto de mis errores y de la pareja de jovencitas traviesas, así que cuando yo hice esfuerzos por no reirme, todos sabían de qué iba la cosa. Al final fue imposible, todos nos reímos y reímos, con ganas, era imposible continuar. Fue una risa comunitaria, eclesial. No hubo ni uno que aguantara el tipo. No hice ningún comentario, nadie lo hizo. Al cabo de unos diez segundos, me recuperé y continué el canon con toda tranquilidad.

1 comentario:

  1. Que buena anécdota, que me he reído mucho con esta. Imagine toda la escena y al final no fue larga historia. Me iré a dormir muy divertida con la mención, la imagen y toda esa ocasión.

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