lunes, diciembre 13, 2010

El arte moderno y el Vaticano

Menos mal que en los años en los que todos los exceso del arte moderno triunfaban, no se hicieron grandes obras en el Estado Vaticano. Hubiera sido muy de lamentar que nos hubieran metido algún horror en medio de tanta belleza.
Después esas cosas son muy difíciles de sacar. Son como las flores de plástico que uno se encuentra al llegar de párroco a una iglesia. Siempre hay una quincuagenaria que está dispuesta a morir matando para que esas flores sigan en su sitio lustro tras lustro, proclamando el gusto estético de la donante. A menudo ni la decoloración de sus pétalos, tallos y hojas es razón suficiente para ir pensando en una jubilación de tan piadosos ornatos.

Cuando uno ejerce de párroco siempre te piden ir poniendo en las paredes del templo del siglo XVI todo tipo de Niños Jesús de Praga y similares. Allí donde hay una pared desnuda, siempre hay alguien que quiere llenarla, cubrirla y revestirla de algo. No me extraña. Sus casas están repletas de miles de objetos del tipo Recuerdo de Segovia, torrecita de plástico souvenir de Matalascañas, abanico desplegado de cuando fuimos a Sevilla, al lado de un pequeño toro negro de terciopelo con las banderillas puestas.

En eso yo siempre he sido un dictador y les he dicho: ya lo siento, pero aunque quisiera no puedo, la estética de esta iglesia no me lo permite. De verdad que lo siento, insisto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada