viernes, diciembre 31, 2010

El Tiempo y los años

Acaba otro año. Como ya he dicho en otras ocasiones, mi vida gira mucho alrededor del tiempo. Es decir, el tiempo es uno de mis más frecuentes motivos de reflexión. Trato de vivir el tiempo, de sentirlo correr alrededor de mí, a través de mí, en mí.

Los días son iguales, indistinguibles unos de otros, idénticos y uniformes. Desde el principio los seres humanos han colocado mojones que distinguieran unos tiempos de otros tiempos. Ha sido obra de los humanos colocar esos hitos, esas construcciones inmateriales sobre los días que marcaban: hasta aquí llega un tiempo, a partir de aquí comienza otro tiempo.

La naturaleza nos ha indicado el camino, señalando por ella misma ciclos en el tiempo. La diversidad de tiempos hace más variada la vida.

Dios mismo después ha iniciado nuevos tiempos, nuevas eras. Todo el Tiempo se haya entre dos grandes tiempos: el Tiempo de la Nada y el futuro Tiempo del Todo. Entre la Nada y el Todo se nos concede a cada uno una limitada sucesión de días, meses y años.

Me admiro cuando veía la primera misteriosa difusa fotografía de la Historia. Tan pocas generaciones me separaban de 1826. Tres hombres longevos podrían ser la cadena que me uniera a la mano que me entregase aquella plancha de peltre cubierta con betún de Judea. No es tanto lo que me separa de Luís XVI muriendo en la Plaza de la Revolución, tres hombres de ochenta años también podrían ser ese nexo entre ese hecho y mi vida.

No sólo mi vida, sino hasta la Historia entera vista así parece breve, como si su velocidad me sorprendiera. Sin embargo, el tiempo no pasa ni breve ni lento. El Río del Tiempo fluye con el más majestuoso de los ritmos. Hoy saludo al Dios del Tiempo alabándole por la creación de ese Río. Desde el Nacimiento de Cristo el Tiempo quedó definitivamente dividido en dos partes. Como Moisés partió el mar, el Tiempo quedó partido. Ya nada volvería a ser igual, nunca podría volver a ser igual.

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