viernes, diciembre 17, 2010

Mis andanzas por Jerusalén III

En esta foto estoy en la Basílica de la Natividad, en Belén. Aunque es en la Basílica de la Resurrección (no me gusta llamarla Iglesia del Santo Sepulcro) es donde he pasado bastantes horas. Rezando el breviario, recitando el rosario, haciendo meditación silenciosa, todo ello sentado frente al edículo que contiene el lugar señalado como lugar de la Resurrección.

El último día no sólo me quedé hasta que cerraron la basílica, sino que además como esa noche era una de las noches en las que abrían la basílica a partir de las 23:30, pude ir allí tras la cena y quedarme hasta la una de la mañana. Aquello fue un verdadero regalo de Dios. La basílica, oscura, casi sin gente, recorrida sólo por monjas ortodoxas silenciosas con hábitos negros, era un remanso de paz. Sólo se escuchaban los cantos de los popes orientales, cantos graves, lentos, que resonaban por todas las cúpulas y recovecos de ese laberinto que es la basílica. Cantos interminables en medio del tintinear de los cascabeles de los incensarios, con grupos de ortodoxos santiguándose una y otra vez.

Hacía frío, sobre mi sotana llevaba mi pequeña capa con capucha. Hacía mi oración sentado frente al lugar de la Resurrección. De vez en cuando entraba en el interior de la Capilla de la Resurrección y arrodillado, con la cabeza apoyada en la losa, hacía un rato de oración allí, sin prisas.

Tanto mayor privilegio, cuando la mayor parte de la gente que viene durante el día sólo le es permitido estar unos breves segundos. Pero la noche mostraba un templo completamente distinto. Un templo invadido por la oración, por el ritmo sosegado de la poca gente que estaba allí sólo para adorar a Dios. Nada que ver con el río de turistas que había desfilado por allí todo el día.

(Seguirá mañana)

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