sábado, diciembre 18, 2010

Mis andanzas por Jerusalén IV

Creo que la Basílica de la Resurrección es, al final, lo que Dios ha querido que sea: un microcosmos. Este templo no son cuatro paredes y un techo. Es un resumen del mundo cristiano, aunque estén representadas aquí sólo las iglesias con sucesión apostólica. Creo que ha sido voluntad de Dios permitir que este lugar no pertenezca a ninguna iglesia en exclusividad. Un templo que se ha construido por adición. Conformando finalmente una de arte grandiosa, extensa, llena de pasajes y rincones oscuros, escaleras que ascienden a la capilla del Gólgota, escaleras que descienden a una concatenación de criptas profundas. Un lugar complejo como si sólo un templo así pudiera expresar el misterio de lo ocurrido aquí hace dos milenios.

Sentado frente a la Capilla de la Resurrección entraron dos jóvenes de unos dieciséis años, uno cristiano y el otro judío, llevaba la kepah sobre la cabeza. Había tan poca gente que me preguntaron con temor de ser irrespetuosos si podían recorrer esa parte de la basílica, la que está entre el edículo y la iglesia de los griegos. Les dije con una gran sonrisa y con la mayor amabilidad que sí, y que hasta podían entrar allí, señalando la Capilla de la Resurrección. ¿Sabéis qué es ese lugar? Como dijeron que no, se lo expliqué. Cuando con agradecimiento siguieron su recorrido, sin moverme de mi sitio, los miré delante de mí. ¿Entraría el hebreo en el lugar de la Resurrección? Durante unos instantes pareció vacilar, finalmente el judío se quedó fuera. Qué momento tan apasionante, un judío practicante entrando en el lugar de la Resurrección de Cristo.

(Seguirá mañana)

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