miércoles, diciembre 22, 2010

Mis andanzas por Jerusalén VII


Una de las cosas que desde hace años siento en mi corazón es un gran amor por el pueblo judío. Así que me encantaba ver a todos los hasidim vestidos de negro por la calle, con sus filacterias, sus sombreros, algunos incluso con sus medias negras y unos vestidos que me recuerdan siempre a una bata de baño en color negro.

Fui al Muro de las Lamentaciones por la belleza de ver rezar al pueblo de Israel, aunque ese muro a mí no me dice nada, ya que para empezar no es del Templo. Pero aunque fuera del Templo, el Templo quedó vacío hace casi dos mil años cuando empezó la Nueva Alianza. Si el Templo hubiera quedado en pie, para mí sólo tendría un valor histórico. Jesús es el Nuevo Templo.

No tengo la menor duda de que no es por casualidad que haya una mezquita en el centro de la explanada del Templo. Para mí es como si Dios hubiera querido pasar página. Por eso y no por otra razón el Templo fue destruido: comenzaba una nueva era. De forma que incluso el odre viejo desapareció. La voluntad de Dios provoca hechos históricos. Y para que quedara más clara su voluntad, la de Dios, una mezquita colocada justamente allí hace completamente imposible reedificarlo. Dios habla con los hechos.

Pero Dios en su bondad no ha abandonado al Pueblo de Abraham, y les ha permitido congregarse frente a lo único que queda, el zócalo que sostenía la explanada. Y sus oraciones, su misma presencia allí, la presencia del pueblo hebreo, es para mí una página viva de la Historia. Ellos son la presencia viviente de una parte de nuestro pasado.

(Seguirá mañana)

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