jueves, diciembre 23, 2010

Mis andanzas por Jerusalén VIII

Venga a dar vueltas por Jerusalén, vueltas y más vueltas: quería comprar un icono. Eso era todo lo que quería comprar como regalo de Navidad para mis padres. Pero me fui sin hacerlo. Los comerciantes abusaban de la supuesta ignorancia del turista. Los precios triplicaban en todos los productos cualquier precio de otra ciudad. Todas las piezas eran únicas y antiquísimas, aunque las hubiera visto yo tres meses antes en la tienda de las Paulinas de Madrid. No pocos vendedores pecaban de agobiantes, el duro acento árabe ayuda a dar esa impresión de una lengua de aristas, el tono exigente de las modulaciones de su lengua daba una impresión de ánimo airado. Resultaban tiránicos a la hora de no dejarte salir de su tienda. Para la mayoría de los turistas sin duda no resultaba agradable no ya el interesarse por algo, sino el mero hecho de mirar hacia un objeto en concreto desde la calle. El comerciante te gritaba que entraras, insistía.

A mí esa vehemencia oriental me hacía mucha gracia y la disfrutaba. Y así, yo, revestido de una gran flema británica, movía ligeramente la mano diciendo adiós sin ni siquiera mirar hacia atrás. Todas esas negociaciones, regateos y artimañas me recordaban un estadio social todavía preindustrial. Para mí constituían como un juego. Conseguí reducciones de precio asombrosas. No en vano mi abuelo era tratante de mulas. Pero no compré nada. Nada realmente me interesó. Las poquísimas obras de arte que me gustaban, sabía que tenían un precio astronómico y que realmente lo valían.

El propósito de comprar un icono de Tierra Santa se quedó sin realizar, y en el avión de vuelta a Roma seguía planeando sobre mi cabeza el eterno problema: qué comprar a mis padres como regalo de Navidad.

Fin de mis relatos de Jerusalén.

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