sábado, enero 01, 2011

Deus temporum

Lo mismo que hay cosas sagradas, también hay tiempos sagrados. Puede ser una hora, la hora de la liturgia. Puede ser un día, el Día del Señor. Puede ser un tiempo, el tiempo de penitencia, el tiempo de alegría. Dios, Creador del Tiempo, ha querido que haya tiempos sagrados.

Tiempos cargados de gracias. Tiempos de gracias especiales, específicas, como la gracia del arrepentimiento, o gracias para sentir la felicidad de recordar el misterio de la Resurrección.

El tiempo en sí mismo ya es una acción de Dios. El Tiempo es la prueba de la existencia de Dios. Hoy día sabemos que el Tiempo no fue eterno. Luego sólo un Ser Infinito puede sacar de la Nada el fluir del antes y el después, pues no hubo un antes delante del primer ahora.

Debemos nosotros, los hombres de Dios, saber leer el Tiempo. Debemos saber discernir los tiempos. Existe un tiempo de castigo, un tiempo de construcción, un tiempo de espera, un tiempo de amor tierno, un tiempo entre dos tiempos, tiempos revueltos, tiempos estables.

El hombre de Dios, el hombre que vive en Dios, el inmerso en el Misterio de Dios, el hombre perfecto que vive en la imperturbabilidad de la contemplación de la Trinidad, está por encima del tiempo. El tiempo no le afecta, es él el que modela el tiempo. Las olas de la desventura, de la inquietud, de la zozobra, rompen en él. Pero él como una roca sigue inamovible fundado en la Roca. Ni la alegría le emborracha, ni la tristeza le desespera. Porque sabe que tiene dentro de sí al Hacedor de las horas de la alegría y de la desventura. Pocos hombres han vivido así. Los grandes místicos sí. Nosotros podemos vivir un poco de todo eso, al menos un poco.


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