martes, enero 18, 2011

Y Dios creó el sueño

Me queda menos de una hora antes de que me meta en la cama y me duerma. Este momento del día tiene un algo de tiempo que se acaba, de tiempo que muere. Se presta mucho a la reflexión. Dan ganas de hacer todo lo que no he hecho durante el día. A estas horas siempre me pregunto por qué no me ha dado tiempo a leer una buena novela. He leído mucho, sí, pero todo cosas de mi tesis. Debería haber reservado veinte minutos para leer algo por gusto. Pero ya es tarde. Siempre pienso lo mismo a estas horas.

Afortunadamente, sigo durmiéndome de forma inmediata. Con lo cual esta hora que me resta tiene para mí el aspecto de un tiempo ante un abismo de oscuridad. Es decir, como si el tiempo de pronto se encontrase con un muro de nada e inconsciencia. Como si pasáramos del tiempo al no-tiempo.

Ahora pienso, miro, toco, me siento mejor en la silla, y en unos minutos entraré en un nuevo estado el que mi ser quedará como suspendido, como levitando en el silencio de la mente.

Lo cual tampoco es del todo cierto, pues en esa oscuridad del no-ser pululan los sueños, escurridizos como anguilas a veces, densos y palpables como una historia que avanza llena de detalles otras veces. Es cierto lo que antes he dicho, pero también es cierto que en esa oscuridad hay pensamiento a ráfagas, hay colores, hay sensaciones, hay tiempo, pensamiento incluso. Es una profunda laguna de oscuridad, pero con regiones habitadas por los peces fugaces de mi conciencia. Bueno, os dejo, hago mis últimas oraciones, me lanzo a ese abismo de no tiempo, y mañana os diré como me ha ido por esa excursión por las regiones del silencio.

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