viernes, febrero 18, 2011

El amanuense que da explicaciones al orbe

Evelyn, lectora del blog, mujer sensible y neoyorquina que lloró al leer el post sobre el borrón, me ha dicho hoy diciéndome que necesitaba saber de dónde habían salido esas gotas de agua que emborronaron mi manuscrito.

En un modesto alarde de manipulación temporal, le he respondido: esas dos gotas que emborronaron mi dibujo, fueron las dos lágrimas que derramaste al leer mi post.

La realidad es otra. La noche anterior no fui a la cama a la hora que debía. Me quedé leyendo bastante más rato del que debía algo que me interesaba. Algo sobre lo que tengo un firme propósito de no hacer, pero que hice. Caí. Resultado, al acostarme tuve que cambiar la hora de levantarme. Al levantarme más tarde, llegué más tarde al desayuno. A tiempo, pero ligeramente más tarde. Resultado, todos se habían marchado. Como no me gusta desayunar solo y a esa hora ya no iba a venir nadie, me llevé el desayuno a mi habitación.

Una de las cosas que me llevé, fue una taza de manzanilla. Acabado el desayuno recogí todo, pero no me di cuenta de que algunas minúsculas gotas habían caído sobre la mesa. Es una suposición, porque no las vi. Pero debieron estar allí.

No obstante, el camino de esas gotas hasta mi dibujo fue más complejo. Pues si hubiera puesto el manuscrito sobre esas gotas, se hubiera mojado la parte de detrás, no la de delante.

Sin embargo, como ya dije, usé ese día un trozo de papel rectangular para apoyar mi mano. La mayor parte de los días no lo usé, pero ese día sí. Parece ser que ese papel rectángular más pequeño fue el que entró en contacto con las gotas. Aun así, la cara húmeda podía haber estado hacia arriba cuando apoyé mi mano. Pero no, estuvo en la posición inversa. Y además moví varias veces el papel sobre las líneas de tinta. Había en mi manuscrito una parte central en la que el agua no hubiera hecho nada, pues se trataba de otro tipo de tinta. Pero desgraciadamente las gotas fueron restregadas en la parte que Matrix determinó.

Nada hubiera sucedido si la noche anterior me hubiera acostado antes. O si hubiera habido alguien desayunando en el comedor a esa hora. O si no hubiera puesto el papel rectangular pequeño en el lugar exacto. O si el papel rectangular hubiera sido colocado boca arriba.

Pero la sucesión de acontecimientos, de causas y efectos, sucedió en el modo justo para provocar una mancha en medio de un trabajo realizado pacientemente durante veinte horas.

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