jueves, febrero 17, 2011

El amanuense teologizando

(Sigue del post de ayer)

Cuando hace dos días contemplé el borrón sobre mi manuscrito, me pregunté cómo Dios podía haber permitido eso. Dios sabía con cuanto cariño e ilusión había realizado ese trabajo. Dios sabía cuánto me había costado. Él había sido testigo de cada minuto de esfuerzo. Hubiera sido tan fácil para Él hacerme advertir la presencia de esas gotas sobre la mesa.

Pero el Omnipotente dejó que esas gotas invisibles, imperceptibles, silenciosas y traidoras estuvieran precisamente allí. En el lugar preciso. ¿Por qué Dios decidió omitir cualquier acción que me avisara?

Indudablemente existía un sentido teológico en ese borrón. La obra la había hecho a mayor gloria suya. Y Él había expresamente permitido la ruina de la obra. Sí, había un sentido en la presencia de esas gotas.

Aceptar la voluntad de Dios, vale más que todas las obras que podamos hacer por Él. No hay obra que valga más que aceptar su voluntad. Sea del tipo que sea.

Dios crea la belleza a través de causas segundas. Dios la destruye a través de causas segundas. Hay que aceptar la eclosión y el marchitamiento. Matrix tiene poder sobre toda la programación. En realidad todo es un juego. Un gran juego de la Voluntad Suprema. Las obras importan poco. Sólo importa que nosotros, los niños, vayamos aprendiendo y mejorando.

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